La inteligencia artificial, como ocurre con toda tecnología emergente, todavía despierta desconfianza y resistencia. Sin embargo, su uso ya forma parte de la vida cotidiana. Periodistas la utilizan para corregir textos; abogados, para redactar borradores que luego revisan para evitar errores o “alucinaciones” del sistema; y la publicidad televisiva incorpora escenas generadas digitalmente, muchas veces con una estética similar entre sí.


La música tampoco quedó al margen. Algunos artistas emplean herramientas de inteligencia artificial como asistentes para mezclar, masterizar o incluso componer. Al mismo tiempo, cualquier persona, aun sin conocimientos musicales, puede escribir una instrucción tan simple como: “Quiero una canción pop sobre la primavera” y obtener un resultado en segundos.


La pregunta inevitable es si la inteligencia artificial realmente puede componer. Si se considera que la composición incluye procesos de prueba y error —combinar notas, acordes y melodías hasta encontrar una secuencia que funcione— una computadora puede ejecutar esa tarea con una velocidad muy superior a la humana. Desde esa perspectiva, no sería imprescindible ningún tipo de “inspiración”: bastaría con generar combinaciones al azar hasta alcanzar un resultado satisfactorio.


La idea remite al llamado Teorema del mono infinito, según el cual un mono presionando teclas aleatoriamente durante un tiempo suficientemente largo podría reproducir cualquier texto imaginable, incluso una obra de William Shakespeare. Muchos recuerdan la escena de Los Simpson en la que un grupo de monos encadenados escribe sin descanso en un subsuelo.


En la práctica, claro, el tiempo humano es limitado. Nadie puede pasar décadas probando notas hasta encontrar la melodía perfecta. Pero una computadora sí puede realizar millones de combinaciones en cuestión de segundos. Allí aparece una de las principales diferencias entre la creación humana y la producción algorítmica.


Al mismo tiempo, ningún proceso creativo surge completamente desde cero. La historia de la música popular está llena de préstamos, influencias y citas. El rock reutilizó durante décadas frases, riffs y estructuras asociadas a pioneros como Chuck Berry o B. B. King. Toda composición dialoga, de algún modo, con obras anteriores.


El problema aparece cuando la inteligencia artificial deja de funcionar como una herramienta de asistencia y se limita a ensamblar fragmentos reconocibles de canciones previas —muchas veces extraídos de éxitos masivos— para producir un resultado que suena familiar y comercialmente efectivo, pero carente de verdadera originalidad. Lo que parecía un atajo creativo puede convertirse entonces en una trampa: quien pretende presentarse como compositor de una obra generada íntegramente por IA corre el riesgo de reproducir, quizá sin advertirlo, melodías o estructuras ya utilizadas por otros artistas.


La discusión abre además otro interrogante. Si distintas personas le piden al sistema exactamente la misma canción —por ejemplo, “una canción pop sobre la primavera”—, ¿obtendrán resultados similares? Tal vez muchos de estos conflictos podrían evitarse si existiera un mecanismo universal y preciso para verificar automáticamente si una melodía ya fue registrada con anterioridad. Aunque, en rigor, el problema no nació con la inteligencia artificial: las disputas por similitudes musicales existen desde mucho antes de la aparición de las computadoras.


Hasta hace poco, la idea de que una inteligencia artificial pudiera devolver versiones recicladas de canciones preexistentes parecía un escenario casi absurdo. Algo así como pedirle a un sistema una balada pop y recibir, disfrazada bajo otra producción, una melodía ya conocida. Sin embargo, ese fenómeno ya empezó a manifestarse.


En YouTube circulan canciones atribuidas a una supuesta artista llamada Mary of Gold. Los videos presentan una estética que remite a una cantante afroamericana de los años 70, con grabaciones editadas originalmente en vinilo. Sin embargo, se trata de un personaje ficticio: la artista no existe y las canciones fueron generadas mediante inteligencia artificial.


Entre esos temas aparece “Wildflower Heart”, una canción cuyo estribillo presenta una llamativa similitud con “Mundo agradable”, de David Lebón, publicado en 1992. El caso resulta significativo porque expone una de las principales críticas dirigidas a la inteligencia artificial aplicada a la música: detrás de una aparente originalidad, muchas veces el sistema no crea desde cero, sino que reorganiza patrones, estructuras y melodías previamente existentes.


La discusión, entonces, deja de centrarse únicamente en si la inteligencia artificial puede “componer”. La verdadera pregunta pasa a ser otra: cuánto de lo que produce es realmente nuevo y cuánto es apenas una sofisticada recombinación del pasado.